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  • Milton Granadillo

La madrugada

Llegó a su casa como a las 3 am, sobrio y hambriento.

Al encender la luz, una olla de sopa que estaba enfriándose llamó su atención. Con la carente elegancia que tanto criticaba su madre, tomó el cucharón de servir y bebió directamente del contendor de aluminio.

El sabor tibio recorrió su garganta por poco tiempo. Algo se había atorado.

Con tranquilidad intentó toser y una ola de pánico recorrió su cuerpo al notar que el aire no podía entrar ni salir.

Intentó calmarse: “Bah, no te vas a morir así”.

Con gran apuro y poca agilidad intentó beber agua, pero se quedaba estancada. Agua y sopa eran ahora una sustancia de indescriptibles propiedades que llovía sobre el piso de la cocina.

En medio de la penumbra iluminada tenuemente por la luz del refrigerador él, arqueando y sacudiendo la cabeza solo pensaba en lo idiota que resultaba morirse así.

Pudo haber salvado a algún chico de un inminente atropello en la calle, o pudo colocarse noblemente entre una persona y una bala. En cambio iba a morir ahí, con ropa apestando a sudor y cigarrillo, en una cocina salpicada de sopa de carne.

Con manos hormigueantes colocó una silla frente a él. Presionó su abdomen contra el respaldar de la silla. Sonidos jurásicos salían de su boca, mientras se empujaba violentamente.

Súbitamente, silencio. Un pedazo de bollo volaba por el aire, mientras todo el frío de la noche llenaba sus pulmones. Tos, alivio y una canción de victoria en la mente.

Mientras tanto, en la habitación principal su padre despertaba a su madre. Sonriente le decía “Ahí está tu hijo borracho y vomitando” .

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